Mi abuela

Mi abuela no quiso cumplir cincuenta y cinco años. El tiempo se hacía un lugar mullido en el sofá y ella seguía repitiendo que nuevamente ese año cumplía cincuenta y cuatro.
Los nietos crecían, las nietas vencían, pero Doña Martha Rebolledo no rebasaba los roncos cincuenta y cuatro. Un buen día en que la noche se hizo noche y el día se cruzó de brazos, mi abuela decidió envejecer, tomó su sitio en la mecedora y comenzó a escuchar, a abrazar, a callar, a sonreír con los ojos abiertos y los dulces en su regazo, entonces llegaron los sesenta y ella celebraba, llegaron los bisnietos y ella celebraba.
Más tarde que temprano cruzaron la puerta los setenta y ahí comenzó a cansarse de sostenerlos, miró sus manos engrandecidas de amar la tierra y el trabajo entre potreros y su crianza de animales y decidió soltarse, prendió incienso, reunió leña, avivó el fuego y trascendió.
Un día como hoy, sí, 18 de enero, hace siete años, mi abuela, Doña Martha Rebolledo Fuentes, del fuego hizo fuego y decidió partir para quedarse siempre entre quienes seguimos amándola.

[Descansa en paz, Abue, yo en tu nombre, sigo viendo la luna]

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