Renato

 

(De Estampas de Otredad).

Al levar anclas, Renato paladeó el sabor a sal, el olor a mar, la distancia. Sin darse cuenta abrió los brazos al horizonte, sonreía.

Entrado a Mar se sabía ciego, frágil, vida intermitente. La sensación se le colaba por los huesos y la sangre, le hacía disfrutar su respiración y el golpeteo de su corazón.

Aquel amanecer del último día de junio había decidido hacerse a la Mar, pasar el resto del verano en su pequeño barco, disfrutar el sol de día y la lluvia de noche. Jamás le gustó la pesca, pero le gustaba mirar al horizonte, mientras saboreaba una cerveza. No era dado a pensar ni a escarceos filosóficos, disfrutaba de sus recuerdos y su colección de anécdotas. Su abuela, muerta unos años atrás, solía hablarle de pequeño de un gran pez parecido en su peso y volumen a un tiburón, pero con una gran cola azul. Su abuela afirmaba que quien lo viera jamás se sentiría solo, la sombra del gran pez azul lo acompañaría siempre. A Renato le gustaba pensar que algún día lo vería, por ejemplo hoy por la tarde que sería su cumpleaños, el número treinta.

 

Después de dejar todo listo en el barco, Renato miró hacia al frente y pudo darse cuenta que la puesta del sol estaba por empezar, uno de los instantes que más ha disfrutado, como su primer beso, como la primera gran lluvia, como el momento en que mirando a los ojos a su abuela aseguró que iba a volver a casa.

Tomó una cerveza, el sabor amargo le hizo fruncir el ceño; el segundo trago le hizo sonreír. Al fin lo había decidido: al regresar a casa le diría a su abuela que ha visto el gran pez azul. Después de todo no mentía, el latido en su corazón, su respiración, la suave ventisca en el rostro se lo decía: Mar adentro, en esa inmensidad, nunca más se sentiría solo.

 

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