Sobre el Óscar

(…)

Intento concentrarme todo lo que puedo, de tal modo que la euforia y el júbilo que ahora siento me dejen escribir… me está costando. Y es que al cierre de esta edición tenemos ya noticia de lxs ganadores a la 90 entrega del Óscar, noticia esperada por una cinéfila… como yo. Creo firmemente que la entrega del Óscar, la fiesta, la gala, representa para lxs cinéfilxs, lo que para otrxs es la final de un gran partido, y es que con mucha anticipación vemos las películas, armamos quinielas, revisamos críticas y suspiramos por tal o cual actuación, nos abrumamos por un tema, nos conmovemos con otro y en conjunto hacemos los preparativos para conocer los resultados de la premiación a las películas, productores, directores, actores, es decir, al cine; es cierto que no es la única fiesta de premiación, están los Globos de Oro, el Goya…, pero la entrega del Óscar, se ha vuelto una tradición para cinéfilxs y no cinéfilxs. Así que ahora que ya sabemos que México y lxs mexicanos ganamos en esta gala me siento vitalmente emocionada. El cine es un sueño, así lo pienso desde que vi “El Viaje a la Luna” de Georges Meliére; el cine es más que un sitio a donde pasan una historia, más que la pantalla y de eso nos deja constancia las palabras de Guillermo del Toro, ganador a mejor película por La Forma del Agua (The shape of water), diciendo: “Mi madre les agradece, mi padre les agradece, mis hermanos les agradecen y yo les agradezco”, y en ese momento yo me atrevo a pensar que Del Toro se refería a “sus hermanos” más allá de lo consanguíneo, porque antes ha dicho; “soy mexicano, soy inmigrante”, así que me da por pensar que ahí estamos todxs lxs mexicanxs, porque el cine es así, el cine une, lo que otras muchas cosas separan.

Quizá mi euforia me deja con los pies fuera de la realidad, pero la noche del domingo ganó México, y no sólo el México festivo que corre al Ángel de la Independencia a celebrar, ganó el México incluyente, el México que cree en sus sueños y que rompe la puerta o lo que haya enfrente por el privilegio de seguir soñando. No olvidemos que la película ganadora habla del amor, sí, por cierto, entre una mujer que no dice palabra y un monstruo que sabe comunicarse con ella, porque la ama. Ambos criaturas diferentes, como la forma en que, la otra ganadora, Coco, viaja al lugar de los muertos y en esa travesía brinda un homenaje a la tradición mexicana por excelencia. La noche del Óscar, fue una noche de inclusión, una noche de respeto a la diferencia, una noche de amor por lo diferente y si no me creen, vean “Una mujer fantástica”, el film chileno galardonado a mejor película extranjera. Saben… ahora más que nunca viene a cuento decirlo: Yo amo el cine, porque en el cine el mar parece mar y el amor existe.
¡Viva México, ca…rajo!

Vía: https://sumariosmtlbajio.wordpress.com/…/05/05-marzo-notic…/

Renato

 

(De Estampas de Otredad).

Al levar anclas, Renato paladeó el sabor a sal, el olor a mar, la distancia. Sin darse cuenta abrió los brazos al horizonte, sonreía.

Entrado a Mar se sabía ciego, frágil, vida intermitente. La sensación se le colaba por los huesos y la sangre, le hacía disfrutar su respiración y el golpeteo de su corazón.

Aquel amanecer del último día de junio había decidido hacerse a la Mar, pasar el resto del verano en su pequeño barco, disfrutar el sol de día y la lluvia de noche. Jamás le gustó la pesca, pero le gustaba mirar al horizonte, mientras saboreaba una cerveza. No era dado a pensar ni a escarceos filosóficos, disfrutaba de sus recuerdos y su colección de anécdotas. Su abuela, muerta unos años atrás, solía hablarle de pequeño de un gran pez parecido en su peso y volumen a un tiburón, pero con una gran cola azul. Su abuela afirmaba que quien lo viera jamás se sentiría solo, la sombra del gran pez azul lo acompañaría siempre. A Renato le gustaba pensar que algún día lo vería, por ejemplo hoy por la tarde que sería su cumpleaños, el número treinta.

 

Después de dejar todo listo en el barco, Renato miró hacia al frente y pudo darse cuenta que la puesta del sol estaba por empezar, uno de los instantes que más ha disfrutado, como su primer beso, como la primera gran lluvia, como el momento en que mirando a los ojos a su abuela aseguró que iba a volver a casa.

Tomó una cerveza, el sabor amargo le hizo fruncir el ceño; el segundo trago le hizo sonreír. Al fin lo había decidido: al regresar a casa le diría a su abuela que ha visto el gran pez azul. Después de todo no mentía, el latido en su corazón, su respiración, la suave ventisca en el rostro se lo decía: Mar adentro, en esa inmensidad, nunca más se sentiría solo.