Pienso en la fotografía

“Nunca miramos sólo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos.” John Berger

Pienso en la fotografía como un instante doble: el que transcurre fuera del ojo y el que discurre dentro de quién mira. En ese momento doble, como reflejo, concibo que se construye la unidad espiritual de quién hace la fotografía.

No creo en el ojo entrenado, porque si bien comprendo y asimilo la importancia del conocimiento de la técnica fotográfica, no hay libro alguno que determine cómo hacer de una fotografía, arte. Hay fotografías que muestran una realidad o una situación, un “algo” en particular, pero no son arte, el ojo es una ventana para asomarse a través de ella y ver lo que está. Sin embargo, existen fotografías que revelan y rebelan (como un acto de rebeldía), una realidad aparte, una emoción doble que sólo puedo nombrar con la palabra asombro. Esa sensación de la más profunda inocencia, ese descubrimiento genuino por lo que está o estaba desde hace mucho, pero tenemos la sensación de que acabamos de conocerlo y provoca (porque el arte provoca) una emoción, un golpeteo en el pecho, el bombeo acelerado de la sangre, una contracción, todo o nada en un sólo y único instante.

Aún no sé cómo decir que no concibo el arte sin libertad, sin la dosis indispensable de transgresión. Creo en que no puedo decirle a alguien cómo tomar una fotografía o cómo verla; en cambio, puedo decirle que si tiene miedo, se vuelque en su miedo y lo convierta en su aliado, tome la cámara y dispare, una y otra vez, nadie saldrá herido, eso es seguro. Es posible que con cada disparo, paradójicamente, alguna herida si no sana, al menos sea visible.

Finalmente, con palabras de John Berger: “Cada vez que miramos una fotografía somos conscientes, aunque sólo sea débilmente, de que el fotógrafo escogió esa vista, de entre una infinidad de vistas posibles.”

La imagen puede contener: nubes, cielo, exterior y naturaleza
Fotografía: Sebastião Salgado

Escenas personales

Escenas personales
I
Luego sí me dan ganas de ponerme romántica y decirle cuánto me gusta el ‘queísmo’, suyo de sí, pero temo que me dé un golpe con el libro que estoy leyendo.

II
Algunas veces persiste mi confianza y con entereza pronuncio palabras en otro idioma que no es el contacto. Agradezco suficiente su disimulo: bebe agua para no reírse de mí.

III

Me he cansado de mentirme. Aquí voy a decirlo: no bostezo en una discusión porque tenga sueño. Enfrío el pensamiento. Aquí quiero que lo sepas:  elijo pelear todas las batallas a tu lado, a ganar una guerra sin ti.

IV

Todavía estoy estudiando la forma del aire mientras respira. Estudios científicos demuestran que sólo es aire normal de persona que duerme y alguien vela su sueño. No me lo creo. Seguiré investigando.

V

La única vez que le dije “te quiero”, mientras creí que dormía, respondió: “repite”. Así es como aprendí que en par, para qué andar con secretos.

Mi abuela

Mi abuela no quiso cumplir cincuenta y cinco años. El tiempo se hacía un lugar mullido en el sofá y ella seguía repitiendo que nuevamente ese año cumplía cincuenta y cuatro.
Los nietos crecían, las nietas vencían, pero Doña Martha Rebolledo no rebasaba los roncos cincuenta y cuatro. Un buen día en que la noche se hizo noche y el día se cruzó de brazos, mi abuela decidió envejecer, tomó su sitio en la mecedora y comenzó a escuchar, a abrazar, a callar, a sonreír con los ojos abiertos y los dulces en su regazo, entonces llegaron los sesenta y ella celebraba, llegaron los bisnietos y ella celebraba.
Más tarde que temprano cruzaron la puerta los setenta y ahí comenzó a cansarse de sostenerlos, miró sus manos engrandecidas de amar la tierra y el trabajo entre potreros y su crianza de animales y decidió soltarse, prendió incienso, reunió leña, avivó el fuego y trascendió.
Un día como hoy, sí, 18 de enero, hace siete años, mi abuela, Doña Martha Rebolledo Fuentes, del fuego hizo fuego y decidió partir para quedarse siempre entre quienes seguimos amándola.

[Descansa en paz, Abue, yo en tu nombre, sigo viendo la luna]

Dime …

Dime …

¿Qué probabilidades hay que al cerrar la puerta, tras una despedida, te quedes adentro?
¿Cuántas palabras hay en tres puntos suspensivos escritos al pasar?
¿Cuáles son las posibilidades de desear que algo ocurra y que ese deseo transforme tu instante presente?
¿Las palabras milagro y esperanza pueden concurrir en un mismo espacio-tiempo?
¿Cómo puede nombrarse ese punto, entre los ojos que miras y que te miran y no son los tuyos, pero te arropan?
¿Cuántos ventanas deben cerrarse para que decidas abrir la puerta?
¿Si vuelas un cometa y el hilo recorre tu vista, cuántas dimensiones se extienden entre tú, el viento y el espacio que ocupa tu cuerpo?
¿Cuando dejas que el viento despeine tu cabello, puede medirse el punto preciso en que te roza los labios y no te hace daño?
¿Qué existe después del “tal vez”, el “después” y el “buenas noches”?
Dime… dame.